Marmellar, un pequeño pueblo de Tarragona abandonado en 1959, se convirtió, luego de dos aterradores asesinatos, en uno de los sitios más visitados por los amantes del terror y lo paranormal.
El primer crimen sucedió en 1993, cuando dos cazadores encontraron el cuerpo quemado de una mujer sobre un colchón dentro de la iglesia de la localidad. A la joven le habían amputado los dedos de las manos y, junto a su cadáver, habían dibujado símbolos satánicos, incluyendo cruces invertidas. La autopsia reveló que la víctima tenía entre 20 y 30 años, pero nunca pudo conocerse su identidad.
Begoña Floría escribió una nota en La Vanguardia donde acotó: "El hecho de que la iglesia hubiera sido utilizada como escena rio de ritos satánicos y prácticas de espiritismo con anterioridad abrió toda una serie de especulaciones que acabaron sin confirmar. El pueblo está deshabitado desde la Guerra Civil y es de difícil acceso, por lo que la Guardia Civil sospecha que los autores conocían el lugar".
Tres años después, Anna María Barba, de 19 años, desapareció de la gasolinera de l'Arboç del Penedés donde trabajaba como empleada. Al día siguiente, un agricultor encontró su cadáver enterrado entre las ruinas de Marmellar.

Marmellar
Sobre este caso, Floría sumó detalles muy importantes: "Según la hipótesis sobre la reconstrucción de los hechos, el asesino o asesinos atracaron la gasolinera, haciéndose con un botín de 40.000 pesetas, y se llevaron a la fuerza a la joven para eliminar testigos del robo o con la intención de abusar de ella. El hecho de que no se llevaran otras cosas de valor planteó dudas sobre el caso".
Desde entonces, comenzaron a correr fuertes rumores sobre el pueblo, y vecinos de localidades cercanas aseguran que, en el lugar o sus alrededores, personas vestidas completamente de negro realizan rituales satánicos cuando llega lo más profundo de la noche, incluyendo aquelarres, las reuniones donde se realiza la invocación del demonio. Arthur Machen describió estos "encuentros" en uno de sus mejores relatos: "Los secretos del verdadero Aquelarre databan de tiempos muy remotos, y han sobrevivido hasta la Edad Media. Son los secretos de una ciencia maligna que existía muchísimo antes de que los arios entraran en Europa. Hombres y mujeres, seducidos y sacados de sus hogares con pretextos diversos, iban a reunirse con ciertos seres especialmente calificados para asumir con toda justicia el papel de demonios. Estos hombres y estas mujeres eran conducidos por sus guías a algún paraje solitario y despoblado, tradicionalmente conocido por los iniciados y desconocido para el resto del mundo. Quizá a una cueva, en algún monte pelado y barrido por el viento, o puede que a un recóndito lugar en algún bosque inmenso. Y allí se celebraba el Aquelarre. Allí, a la hora más oscura de la noche, se preparaba el Vinum Sabbati, se llenaba el cáliz diabólico hasta los bordes y se ofrecía a los neófitos, quienes participaban de un sacramento infernal; "sumentes calicem principis inferorum" ('tomando el cáliz del príncipe de los infiernos')".
En su libro "La España Maldita", Lorenzo Fernández Bueno señala que en "lugares así la leyenda coge consistencia física y empieza a caminar, en ocasiones demasiado bien vestida. Estas credenciales han hecho de Marmellar un enclave al que quienes acuden lo hacen durante el día, porque se asegura que se respira ese hálito maligno innato a los lugares donde se ha vertido sangre, y no siempre de animal".





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