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Columna
Martes, 20 Mayo 2014

BALCÓN GLOBAL



EL FALSO monje shaolin, Juan Carlos Aguilar, se enfrenta a cuarenta años de cárcel. Es la pena que ha solcitado la fiscalía por haber torturado y asesinado a dos mujeres. Además, se piden casi trescientos mil euros de indemnización para los familiares de las víctimas. Está en prisión desde hace un año, cuando fue descubierto, despojado de su máscara humanizadora. Recuerdo la estupenda serie Kung-fu (y aquel "pequeño saltamontes"), progatonizada por David Carradine, sus ideales de no-violencia, de armonía y de autodefensa. Aquellas gratas emisiones despertaron entonces en mí la experiencia del judo, la doctrina suave de las artes marciales. Con este caso, España entera se conmocionó por la perversión de un supuesto campeón internacional de esa disciplina del kung-fu, Juan Carlos Aguilar. Los crímenes de este pretendido monje shaolin español revelaron su doble vida, proclamando por un lado un océano de tranquilidad y actuando, por otro, como un asesino sin piedad, disfrutando del dolor infrahumano de sus víctimas. El camino espiritual del guerrero pacifista se emborronó, perdió la cabeza y resultó ser un despiadado matarife sombrío y crápula, que expresó su lado oscuro, agresivo y violento. Aparecieron en su domicilio una columna vertebral, manos y pies sueltos. Andaba vestido de monje chino por las calles y por los platós de España, difundiendo su doctrina de cómo controlar los instintos primarios, reivindicando el poder de la mente. Difícil de entender. Seguro que si se hubiese dedicado a otra cosa distinta, sus genes se habrían manifestado de la misma forma, en idéntica tragedia. Nada tiene que ver con la práctica de las artes marciales. Es probable, también, que un tumor cerebral que padecía hubiese sido determinante en su actuación delictiva, pero nada tiene justificación en la monstuosidad del asesinato y su complacencia sádica y cuórica, quizá no limitada a esas dos víctimas; pudo hacer sufrir o desaparecer a más personas en su tétrico surcar por lo que él mismo llamaba océano de la tranquilidad, paradoja que de manera tan escalofriante le camuflaba.


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