Amanece en la base y el día comienza antes de que el sol caliente la plataforma. En torno a los aviones anfibios del 43 Grupo, cada gesto responde a una rutina aprendida a fuerza de campañas: revisar, preparar, coordinar y esperar la orden de salida. En una temporada marcada por la simultaneidad de grandes incendios, las altas temperaturas y unas condiciones meteorológicas poco favorables, la unidad del Ejército del Aire y del Espacio ha vuelto a demostrar por qué constituye una de las capacidades más reconocibles de las Fuerzas Armadas al servicio de la sociedad.
Desde el 22 de junio hasta el 28 de julio, el 43 Grupo ha encadenado 37 días consecutivos de operaciones. La cifra resume una exigencia sostenida, pero no alcanza a explicar por completo lo que implica mantener en vuelo, día tras día, a tripulaciones, aeronaves y equipos de apoyo. En ese periodo, sus Canadair han llevado a cabo 269 actuaciones aéreas, han superado las 3000 descargas y han arrojado más de 18 millones de litros de agua sobre zonas afectadas por las llamas.
La crónica de estos días tiene nombres concretos sobre el mapa: San Martín de Valdeiglesias, en Madrid, y Burgohondo, en Ávila, figuran entre los escenarios que han concentrado el esfuerzo principal. Allí, la evolución de los incendios exigió elevar la respuesta hasta la declaración de emergencia de interés nacional en la Comunidad de Madrid y en la provincia de Ávila. En una sola jornada, los aviones del 43 Grupo efectuaron 215 descargas, más de 1,2 millones de litros de agua lanzados con precisión sobre un terreno cambiante y castigado por el fuego.
Cada descarga es el resultado visible de una cadena que empieza mucho antes del contacto con el agua. La aproximación al incendio, la lectura del humo, la coordinación con los medios terrestres y la maniobra de carga forman parte de un ciclo repetido una y otra vez hasta que la misión lo permite. En Vall d'Uixó, Castellón, se contabilizaron más de 142 descargas. En La Mierla, Guadalajara, una de las actuaciones más exigentes de la campaña, las tripulaciones realizaron más de 370 descargas y lanzaron aproximadamente 2,2 millones de litros de agua.
La campaña había comenzado meses antes, el 30 de marzo, con la primera activación del año en Losar de la Vera, Cáceres. A partir de entonces, la actividad fue creciendo de forma progresiva hasta alcanzar durante junio y julio un ritmo excepcional. La baja humedad, el comportamiento extremo de varios frentes y la necesidad de atender incendios simultáneos obligaron a sostener un esfuerzo continuado que pone a prueba tanto la resistencia de las tripulaciones como la capacidad técnica de mantenimiento y apoyo.
En las primeras semanas destacaron las intervenciones en Los Garres y Lages, Murcia, donde los aviones descargaron más de 120 000 litros de agua, y en los fuegos de Alosno y Villanueva de los Castillejos, Huelva, donde se superaron los 800 000 litros. Aquellas misiones anticipaban una campaña que pronto adquiriría una dimensión nacional, con activaciones sucesivas en distintos puntos de la geografía española.
Con el avance del verano, el dispositivo se desplegó en incendios de gran complejidad en La Bisbal d'Empordà, Girona; Igüeña, León; Los Gallardos, Almería; Orés, Zaragoza, y Lozoyuela, Madrid. A estas misiones se sumó la actuación en Vouzela, Portugal, muestra de la disponibilidad de la unidad para apoyar operaciones más allá del territorio nacional cuando las circunstancias lo requieren.
Una misión compartida
La lucha contra el fuego rara vez entiende de fronteras administrativas. En los incendios de Madrid y Ávila, los aviones españoles compartieron espacio operativo con cuatro Canadair CL-415 procedentes de Italia y Grecia, dos de cada país, movilizados a través del Mecanismo Europeo de Protección Civil. Su llegada a la Base Aérea de Torrejón el 25 de julio reforzó un dispositivo que exigía coordinación, comunicación precisa y procedimientos comunes.
La integración de estas aeronaves permitió sumar capacidades en un escenario especialmente complejo. Los CL-415 italianos y griegos, de características similares a los operados por el 43 Grupo, pueden recoger más de 6000 litros de agua en cada toma. En el aire, esa equivalencia técnica facilita los ciclos de carga y descarga; en tierra, obliga a una planificación cuidadosa para que cada medio ocupe su lugar en una operación común.
Pero la imagen del avión descendiendo sobre una masa de agua o rompiendo el humo apenas muestra una parte de la misión. Detrás de cada salida aérea hay pilotos, mecánicos, especialistas, equipos de operaciones, logística y personal de apoyo. Todos forman una cadena silenciosa que trabaja antes del despegue, durante la misión y después del aterrizaje para que la aeronave vuelva a estar lista cuanto antes.
Cuando la jornada termina para unos, continúa para otros. Las inspecciones, reparaciones, repostajes y preparativos se prolongan con frecuencia durante la noche. En ese trabajo discreto se sostiene la continuidad de las operaciones: que un avión pueda volver a despegar al amanecer depende tanto de la pericia en cabina como de la precisión de quienes lo mantienen en condiciones de vuelo.
Desde Losar de la Vera hasta los incendios de Madrid y Ávila, el 43 Grupo ha dejado su huella operativa en provincias como A Coruña, Castellón, Huesca, Jaén, Lugo, Sevilla y Zaragoza. La variedad de escenarios refleja la movilidad de una unidad concebida para acudir allí donde el fuego amenaza a la población, a los bienes y al patrimonio natural.
La campaña continúa y el 43 Grupo permanece en alerta. Sus más de cinco décadas de experiencia no eliminan la dureza de cada misión, pero aportan oficio, temple y confianza. En estos 37 días consecutivos de operaciones, las cifras hablan de descargas, litros de agua y horas de vuelo; la crónica habla también de disciplina, compañerismo y servicio. Frente al fuego, el trabajo de la unidad resume una forma de estar: siempre preparada, siempre disponible, siempre al servicio de España.





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