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Columna
Lunes, 14 Abril 2014

BALCÓN GLOBAL



DE TODAS las vacaciones, las de Semana Santa siempre me parecieron las únicas un poco tristes, las menos atractivas aunque se disfrutasen sin ningún sentido religioso. Y creo que es por la herencia educacional sentida en la infancia. No deja de ser la celebración de una agonía y de un entierro, un hecho luctuoso, claro que al final está la Resurrección. Esa mañana es la que más colma mi corazón, es realmente alegre en mi fuero interno. No ha habido un solo domingo de Resurrección que, esté donde esté, no me levante temprano y acuda a ver o bien el acto procesionario o bien el cielo, con una esperanza de vida eterna o de libertad. Todo el mundo sabe qué es esta tradición: la escenificación de la crucifixión de Jesucristo, un evento que ha impregnado todas las civilizaciones del mundo. Un hombre especial permitió ser maltratado, torturado y humillado de las formas más crueles e infrahumanas. Con tal acto erigió la primera piedra de la salvación de la humanidad, de los marginales, de los temporalmente poderosos, de todos. "¡Está consumado, Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!" Es admirable ese sentido del sacrificio y la entrega. Y eso, yo mismo, casi sin darme cuenta, es lo que siento en mi interior, una llamada transcendental, de que no todo es tan tenebroso, ni tan basto y prosaico, ni tan ruin y sin sentido. Me gusta recordar mi educación en un colegio agustiniano y llevar esta herencia donada a las almas de buena voluntad y al futuro de todo ser humano. Un regalo de un personaje histórico que “redimió al mundo”. Mundo que no se deja, que hoy anda aún en contiendas y decepciones, en arrebatos y desasosiegos, a la continua búsqueda de la paz, la solidaridad y la armonía mundial. Al menos tenemos este gran ejemplo, esa vivencia histórica de un ser humano excepcional que tan solo hablaba de amor y de comprensión, ese ejemplo de Cristo que hace que muchas generaciones guarden aún la esperanza de una vida mejor. Mantengo esa ilusión y me siento esperanzado este año, como cada año, con la tradición que me reconforta en la idea de la redención y el retorno a un espacio divino.











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