Un ataque ruso con drones causó la muerte de al menos cuatro personas durante la pasada noche en la aldea de Lebiazhe, situada en el distrito de Chuhuiv, en la región ucraniana de Járkov, según informaron las autoridades locales. La ofensiva, que provocó incendios en una zona residencial, vuelve a situar al noreste de Ucrania en el centro de una guerra marcada por bombardeos constantes contra localidades próximas al frente.
De acuerdo con el jefe de la administración militar regional, Oleh Siniehubov, las fuerzas rusas atacaron Lebiazhe con seis drones durante la noche. En un primer balance, las autoridades confirmaron la muerte de dos mujeres, de 73 y 66 años, como consecuencia directa del impacto de los aparatos no tripulados. Horas después, los equipos de rescate recuperaron otros dos cuerpos entre los escombros, lo que elevó a cuatro el número provisional de víctimas mortales.
El ataque generó varios focos de incendio en viviendas y estructuras civiles, obligando a la intervención del Servicio Estatal de Emergencias de Ucrania. Los equipos trabajaron durante horas en las zonas afectadas para extinguir las llamas, retirar restos de edificaciones dañadas y comprobar si había más personas atrapadas. Según Siniehubov, los servicios médicos permanecieron desplegados en el lugar mientras los agentes de seguridad documentaban lo ocurrido como un nuevo posible crimen de guerra atribuido a las fuerzas rusas.

Equipos de emergencia trabajan entre restos calcinados y viviendas dañadas tras un ataque nocturno con drones en una aldea de la región ucraniana de Járkov
La Fuerza Aérea ucraniana informó de que Rusia lanzó durante la noche 135 drones de distintos tipos contra territorio ucraniano. De ese total, 107 habrían sido destruidos o neutralizados por las defensas aéreas, mientras que otros aparatos impactaron en 16 ubicaciones. Aunque Kiev destaca la capacidad de interceptación de sus sistemas antiaéreos, los ataques que logran superar esa barrera siguen causando víctimas civiles y daños materiales en áreas residenciales, energéticas e industriales.
La región de Járkov, fronteriza con Rusia y parcialmente expuesta a ataques de artillería, misiles y drones desde el inicio de la invasión a gran escala en febrero de 2022, ha sido uno de los territorios ucranianos más castigados por la guerra. Su capital, la ciudad de Járkov, y numerosas localidades del entorno han sufrido ofensivas periódicas contra barrios residenciales, infraestructuras básicas y puntos de abastecimiento. Las autoridades ucranianas denuncian que Moscú emplea drones de forma sistemática para presionar a la población civil y desgastar la capacidad de respuesta del país.
El nuevo ataque se produce apenas unos días después de otra ofensiva rusa en la región de Járkov que dejó una decena de civiles muertos en la localidad de Pechenihy. Aquella acción, atribuida por Ucrania a misiles rusos, dañó viviendas privadas, una oficina de correos, comercios y vehículos. La reiteración de operaciones contra zonas pobladas ha incrementado la presión sobre los servicios de emergencia y sobre las administraciones locales, que tratan de mantener evacuaciones, asistencia médica y reparaciones básicas en medio de alertas aéreas frecuentes.
Ucrania insiste en que necesita más defensas aéreas para proteger ciudades y pueblos de los ataques con drones y misiles. El uso masivo de aparatos no tripulados, muchos de ellos lanzados en oleadas nocturnas, busca saturar los sistemas de interceptación y obligar a las fuerzas ucranianas a distribuir sus recursos en numerosos puntos del país. En paralelo, Rusia mantiene su presión militar en el este y el noreste de Ucrania, mientras las autoridades de Kiev reclaman a sus socios internacionales más apoyo militar, sanciones adicionales contra Moscú y mecanismos de protección para la población civil.
La aldea de Lebiazhe, como otras comunidades de la región, queda ahora marcada por una nueva jornada de rescates, funerales y destrucción. Las autoridades ucranianas no descartan que el balance pueda modificarse si avanzan las tareas de revisión de los inmuebles dañados. Mientras tanto, el ataque refuerza la preocupación por la vulnerabilidad de las zonas rurales cercanas al frente, donde la población civil convive con el riesgo permanente de bombardeos y con infraestructuras de emergencia sometidas a una presión creciente.





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