EN TEORÍA toda España debería sentirse expectante y meditabunda tras el turbio debate ayer en el Congreso sobre el estado de la nación. El agrio y hasta chabacano intercambio de cuasi improperios entre el jefe del Gobierno y el líder de la oposición, junto a las interrupciones por los ruidos guturales y manuales de la mayoría de los diputados, me sumieron en una tristeza por el panorama de un futuro poco alentador siempre que vayan a continuar en esta misma tónica. El triunfalismo y la promesa de tres millones de puestos de trabajo —lejos de ser creíble así— nos enfrenta a la escena del puro electoralismo. ¿Un mero trámite a pasar? Porque este magno acontecimiento de las altas esferas ha dejado a los electores tan panchos, salvo el chascarrillo, las anécdotas y los cotilleos sobre si Celia Villalobos, por ejemplo, se dedicaba a jugar con su tablet. Y los hashtags son muy ocurrentes, sí, bastante variados, pero al final todo puede quedar hundido en el colchón de la blandenguería, la molicie y el olvido.
No se ve entusiasmo y garra en el electorado. Hay una clara inclinación en las encuestas por los nuevos partidos de la indignación, pero no con el vigor que la dramática situación exige. Tal vez porque el espectáculo de ayer en el Congreso de los Diputados es reflejo y muestra de una inercia social que da todo por transformado ante el hecho de protestar y dar la nota. Y no es eso. Dentro de una aparente dramatización de la grave problemática de la economía y del estado del bienestar, corremos el riesgo de dar por válida la simple representación, el colorín y el pingajo de los aspavientos. Es un problema real: la mera escandalización de los acontecimientos, de la inoperancia y de lo no realizado. Lamentos y acusaciones, pero poco más. Es letra y música que casi todos los partidos practican. Pero con eso no basta. Para nada. Impera la atonía —la de los hechos— frente a la vigorización de la verborrea que a la postre corre el riesgo de ser solo circo, puro entretenimiento.
Hurguen más en las heridas y hagan sentir en carne viva los efectos de la precariedad genérica. Considérense todos un grado por debajo de donde estén colocados y pongan a España diez por encima.
No se ve entusiasmo y garra en el electorado. Hay una clara inclinación en las encuestas por los nuevos partidos de la indignación, pero no con el vigor que la dramática situación exige. Tal vez porque el espectáculo de ayer en el Congreso de los Diputados es reflejo y muestra de una inercia social que da todo por transformado ante el hecho de protestar y dar la nota. Y no es eso. Dentro de una aparente dramatización de la grave problemática de la economía y del estado del bienestar, corremos el riesgo de dar por válida la simple representación, el colorín y el pingajo de los aspavientos. Es un problema real: la mera escandalización de los acontecimientos, de la inoperancia y de lo no realizado. Lamentos y acusaciones, pero poco más. Es letra y música que casi todos los partidos practican. Pero con eso no basta. Para nada. Impera la atonía —la de los hechos— frente a la vigorización de la verborrea que a la postre corre el riesgo de ser solo circo, puro entretenimiento.
Hurguen más en las heridas y hagan sentir en carne viva los efectos de la precariedad genérica. Considérense todos un grado por debajo de donde estén colocados y pongan a España diez por encima.