Quien viaja por la autovía del Guadalhorce con la vista puesta en la Costa del Sol suele ver Cártama como una silueta blanca apoyada en la ladera, una parada posible pero aplazada. Sin embargo, detrás de esa imagen fugaz hay uno de los enclaves históricos más antiguos del sur peninsular. Situada en una posición estratégica entre el interior de Málaga y el corredor natural que conduce hacia la costa, la localidad ha sido durante siglos lugar de paso, de comercio, de defensa y de encuentro. Esa condición de cruce de caminos explica buena parte de su personalidad: Cártama no se impone con estridencia, pero acumula capas de historia en cada cuesta, cada mirador y cada resto de muralla.
Su pasado se remonta a la antigua Qartima, nombre vinculado a la presencia fenicia y a la idea de ciudad escondida. Después llegarían íberos, romanos, visigodos y musulmanes, cada uno dejando huellas que ayudan a entender por qué este municipio es algo más que una población cercana a Málaga. En época romana, Cartima alcanzó una notable relevancia urbana. La abundancia de hallazgos arqueológicos, entre ellos mosaicos, esculturas y restos de estructuras públicas, habla de una ciudad próspera, conectada con las rutas agrícolas y comerciales del valle. La fertilidad del Guadalhorce, conocida históricamente como una de las grandes huertas malagueñas, fue una ventaja decisiva para su desarrollo.
Hoy, el visitante encuentra ese pasado condensado en dos hitos que dominan el pueblo desde las alturas: los restos del castillo y la Ermita de Nuestra Señora de los Remedios. La subida al Monte de la Virgen, empinada y luminosa, obliga a aminorar el paso. A medida que se gana altura, el casco urbano queda abajo, extendido hacia la vega, y el valle se abre como un mapa verde y dorado. La ermita, declarada Bien de Interés Cultural, combina la sencillez exterior de la arquitectura popular con un interior de tradición barroca. Es, además, un lugar profundamente vinculado a la devoción local: la Virgen de los Remedios marca el calendario sentimental de los cartameños, con bajadas, subidas y romerías que conectan religión, fiesta e identidad.

Cártama se asoma al Valle del Guadalhorce con la memoria de sus murallas, la silueta de la ermita y el pulso agrícola de una tierra que muchos cruzan sin detenerse
Muy cerca, las ruinas del castillo recuerdan que Cártama fue también plaza defensiva. La fortaleza, de origen antiguo y con especial protagonismo durante la etapa andalusí, conserva fragmentos suficientes para sugerir la importancia que tuvo este cerro en el control del territorio. No es un castillo reconstruido para la postal turística, sino una presencia sobria, casi áspera, que dialoga con el paisaje. Quizá por eso resulta tan auténtico: obliga a imaginar, a completar con la mirada lo que el tiempo ha borrado. Desde allí se entiende mejor la lógica del lugar, su vigilancia sobre caminos, ríos y cultivos.
Cártama, sin embargo, no vive solo de su pasado. El municipio tiene una doble alma urbana: Cártama Pueblo, con calles en pendiente, fachadas encaladas y rincones que conservan el aire tradicional; y Estación de Cártama, más moderna, vinculada al ferrocarril, a las comunicaciones y al crecimiento metropolitano. Entre ambos núcleos se despliega una vida cotidiana marcada por la cercanía a Málaga, el comercio local, los servicios y una agricultura que sigue siendo parte esencial del paisaje. Cítricos, huertas y cultivos de regadío recuerdan que el Guadalhorce no es únicamente una carretera o una comarca administrativa, sino un territorio fértil que ha alimentado a generaciones.
Quizá el mayor encanto de Cártama sea precisamente su discreción. No compite con el brillo inmediato de los paseos marítimos ni con la promesa de playa que atrae a tantos viajeros. Su atractivo es otro: el de los lugares que recompensan a quien se detiene. Basta una mañana para subir a la ermita, asomarse al valle, recorrer el entorno del castillo, bajar al casco antiguo y sentarse a mirar cómo la vida sigue su ritmo entre vecinos, comercios y campanas. Pero también basta esa mañana para comprender que aquí no hay un simple desvío, sino una síntesis de la historia malagueña: mundo antiguo, frontera medieval, religiosidad popular, agricultura fértil y expansión contemporánea.
Por eso Cártama merece dejar de ser solo el pueblo que aparece por la ventanilla camino de la Costa del Sol. Merece una parada sin prisa, una lectura atenta de sus piedras y de sus paisajes. En tiempos de turismo acelerado, cuando muchos destinos se consumen con la misma rapidez con la que se cruzan en el mapa, este municipio invita a hacer lo contrario: subir despacio, mirar lejos y descubrir que, antes de llegar al mar, Málaga ya ha contado buena parte de su historia en las laderas del Guadalhorce.





San Pedro Alcántara
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