Hay pueblos que no necesitan levantar la voz para invitar al viajero a detenerse. Mollina es uno de ellos. Situada en la Málaga interior, lejos del ritmo acelerado de la costa y muy cerca de Antequera, esta localidad recibe al visitante con la naturalidad de las plazas andaluzas: fachadas claras, conversación de vecindario, terrazas donde el tiempo parece ir más despacio y una iglesia que marca el perfil cotidiano del casco urbano. La Plaza de la Constitución funciona como punto de partida ideal para entender el pulso del municipio. Allí se concentra buena parte de la vida local y se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Oliva, templo del siglo XVII que recuerda la profunda relación del pueblo con sus tradiciones religiosas, agrícolas y comunitarias.
Mollina no se recorre con prisas. Conviene entrar en sus calles con la disposición de quien busca una Málaga menos evidente: la de los cultivos, los patios, las bodegas y los caminos rurales. Su paisaje habla de cereales, olivares y, sobre todo, de viñas. La tradición vitivinícola es una de sus señas de identidad más reconocibles, hasta el punto de que el pueblo ha construido una parte esencial de su relato turístico alrededor del vino. En ese contexto, la visita a la Bodega Virgen de la Oliva, vinculada a la marca Tierras de Mollina, permite asomarse al trabajo de una cooperativa que ha convertido el cuidado del viñedo en memoria compartida y en proyección de futuro.

Viñedos, olivar y sierra resumen la identidad tranquila de Mollina, una escapada de interior en el corazón de la provincia de Málaga
El enoturismo aquí no se limita a una cata. Es una forma de leer el territorio. En las instalaciones de la cooperativa se comprende cómo la tierra, el clima y la experiencia de generaciones han dado lugar a vinos amparados por las denominaciones de origen Málaga y Sierras de Málaga. Dulces naturales, vinos de licor, blancos, tintos o rosados forman parte de una oferta que conecta con la historia agrícola de la comarca y con una cultura de la vendimia todavía muy presente. El visitante descubre aromas, procesos y matices, pero también una manera de vivir en la que la vid ha sido economía, fiesta y paisaje.
Desde el casco urbano, la mirada acaba buscando la Sierra de la Camorra, el gran contrapunto natural de Mollina. Sus rutas permiten cambiar el ritmo del viaje y adentrarse en un entorno de monte bajo, senderos tranquilos y miradores desde los que se abren vistas amplias de la provincia de Málaga y de las tierras de Antequera. Caminar por la sierra es encontrarse con otra dimensión del municipio: una geografía de cuevas, lomas y caminos que invita tanto al paseo pausado como a la excursión más activa. La Camorra aporta silencio, horizonte y una sensación de amplitud que contrasta con la escala recogida del pueblo.
La historia también aparece en el recorrido. Además de la iglesia de Nuestra Señora de la Oliva y del caserío tradicional, Mollina conserva referencias a un pasado más amplio, desde vestigios romanos en el entorno hasta la memoria de las comunicaciones interiores de Andalucía. Su posición en el centro de la comunidad y su cercanía a antiguos ejes de transporte ayudan a entender el papel de estos pueblos como lugares de paso, intercambio y abastecimiento. El antiguo trazado ferroviario del centro andaluz forma parte de esa lectura territorial: caminos y líneas que conectaban campos, mercados y estaciones, y que hoy permiten imaginar una Andalucía interior menos conocida pero decisiva en la articulación de la provincia.
La gastronomía completa la experiencia con la misma honestidad que define al destino. En Mollina, comer y beber significa acercarse a productos de cercanía: aceite de oliva, vinos locales, tapas sencillas, quesos, chacinas, guisos y elaboraciones que cambian según la temporada y según la casa en la que se prueben. No se trata de una cocina de artificio, sino de una mesa ligada al campo y a la conversación. Una parada en un bar del centro, una copa de vino de la zona o una tapa compartida después de una ruta por la sierra bastan para entender por qué el turismo de interior gana fuerza entre quienes buscan experiencias más reposadas y menos previsibles.
Mollina se revela, así, como una escapada perfecta para quienes desean descubrir otra Málaga. No compite con la costa ni lo pretende: ofrece una alternativa más tranquila, más cercana y menos masificada. Su atractivo está en la suma de detalles: una plaza que invita a sentarse, una bodega que cuenta la historia del paisaje, una sierra que ensancha la vista, una iglesia que guarda la memoria del pueblo y una gastronomía que sabe a territorio. Entre viñas y sierras, Mollina demuestra que la Málaga interior todavía guarda destinos capaces de sorprender sin perder autenticidad.





San Pedro Alcántara
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