Ucrania aseguró este lunes que sus drones atacaron durante la noche objetivos militares rusos situados lejos de la línea del frente, entre ellos un caza MiG-29 estacionado en la región meridional de Rostov y cuatro radares desplegados tanto en esa zona como en la península de Crimea, ocupada por Rusia desde 2014.
La información fue difundida por Robert Brovdi, jefe de las fuerzas de drones ucranianas, conocido también como "Magiar", quien afirmó en su cuenta de Facebook que los aparatos no tripulados ucranianos alcanzaron varios objetivos estratégicos en la retaguardia rusa. Según su versión, el ataque incluyó un MiG-29 ruso estacionado en Rostov, cuatro sistemas de radar y otras infraestructuras empleadas por Moscú para sostener su esfuerzo bélico.
Brovdi añadió que durante la misma operación nocturna fueron golpeados tres almacenes de la empresa rusa de comercio electrónico Ozon, instalaciones que Ucrania considera parte de la red logística que contribuye indirectamente a la economía de guerra rusa. Kiev ha intensificado en los últimos meses su campaña de ataques con drones de largo alcance contra refinerías, depósitos, centros de distribución, infraestructuras energéticas y activos militares situados en territorio ruso.
El mando ucraniano sostuvo además que sus drones atacaron infraestructuras eléctricas en territorios bajo ocupación rusa y dos embarcaciones utilizadas por Rusia para sus exportaciones. Por el momento, las autoridades rusas no han confirmado en detalle las pérdidas mencionadas por Kiev, y en este tipo de operaciones resulta habitual que ambas partes ofrezcan versiones parciales o contradictorias sobre el alcance real de los daños.
El presunto impacto contra un MiG-29 tiene un valor simbólico y operativo para Ucrania, ya que muestra la capacidad de sus drones para penetrar defensas rusas y alcanzar aeronaves en bases alejadas del frente. Aunque el MiG-29 es un caza de diseño soviético utilizado históricamente por ambos países, su destrucción o inutilización en tierra evita que Rusia lo emplee en misiones de defensa aérea, entrenamiento o apoyo a sus operaciones militares.
La destrucción o degradación de radares también puede tener consecuencias relevantes. Estos sistemas permiten detectar drones, misiles y aeronaves enemigas, así como coordinar respuestas antiaéreas. Al atacar radares en Rostov y Crimea, Ucrania busca abrir brechas en la vigilancia rusa, dificultar la reacción ante futuras incursiones y obligar a Moscú a redistribuir medios de defensa aérea en una retaguardia cada vez más expuesta.
La región de Rostov, fronteriza con Ucrania, es una zona clave para el despliegue militar ruso y para las rutas logísticas que abastecen a las tropas que combaten en el este y el sur de Ucrania. Crimea, por su parte, sigue siendo uno de los principales objetivos de Kiev por su importancia militar, naval y política. Desde la península, Rusia ha lanzado ataques contra territorio ucraniano y mantiene instalaciones esenciales para su presencia en el mar Negro.
La guerra de drones se ha convertido en uno de los rasgos centrales del conflicto. Cada noche, Ucrania y Rusia intercambian ataques contra objetivos situados en sus respectivas retaguardias, una dinámica que ha transformado la profundidad del campo de batalla. Para Kiev, los golpes a instalaciones militares, energéticas y logísticas rusas buscan compensar la superioridad de Moscú en artillería, aviación y recursos humanos. Para Rusia, los ataques masivos contra ciudades ucranianas, redes eléctricas y centros industriales pretenden desgastar la capacidad de resistencia del país.
Estos ataques se producen además en un momento en que Ucrania intenta demostrar a sus socios internacionales que puede llevar la guerra al interior del aparato militar ruso y afectar sus capacidades sin depender únicamente de armamento occidental de largo alcance. La producción nacional de drones, junto con unidades especializadas en operaciones de precisión, se ha convertido en un pilar de la estrategia ucraniana.
Rusia, por su parte, ha reforzado sus defensas de retaguardia y ha anunciado medidas para reorganizar la protección de infraestructuras críticas ante la frecuencia creciente de los ataques ucranianos. Sin embargo, la extensión del territorio ruso, la dispersión de sus instalaciones militares y la mejora de los drones ucranianos complican la tarea de proteger todos los objetivos potenciales.
La operación anunciada por Kiev encaja en una estrategia de desgaste que no busca necesariamente provocar un cambio inmediato en el frente, sino acumular daños en la infraestructura militar y económica rusa. Si se confirma el golpe contra el MiG-29 y los radares, Ucrania habrá logrado otro ataque de alto impacto propagandístico y táctico dentro de una campaña que convierte la retaguardia rusa en un espacio cada vez menos seguro.





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