EN UCRANIA lo que en realidad están haciendo Vladímir Putin y su Gobierno es apoyar a un grupo de terroristas y mercenarios, quienes supuestamente han sido reprimidos durante décadas y a quienes también supuestamente les han prohibido hablar ruso. Tengo un amigo nacido en una zona de Ucrania que los politólogos califican de pro-rusa que me ha desvelado que, étnicamente hablando, no tiene ni una sola gota de ucraniano, que nunca sintió que nadie le prohibiese nada ni vivió subyugado bajo ninguna bota opresora; ni su familia, que allí vive. Habla ruso y ucraniano, este último idioma gracias a que, desde que nació, la URSS suprimiera la política stalinista de no permitir enseñar en la escuela las lenguas autóctonas de cada república. La actual conflagración es un auténtico problema, un conflicto en el que se están fijando las naciones más poderosas y que podría desatar la tercera guerra mundial. Putin, en el fondo, tiene todos los visos de pretender erigir una especie de reconstrucción de la Unión Soviética aprovechando que, a excepción de Ucrania, todos los países de su entorno son dictaduras con herederos del antiguo Partido Comunista al mando. El mundo hoy no necesita generar bloques para contrarrestar el poder de otros bloques, sino el coraje preciso para despertar la inteligencia y ordenar el maltrecho estado de privilegios oligárquicos, de dominación sutil, sesgada y difícilmente delimitable de unos seres humanos sobre otros. El mundo necesita unidad sencillamente y no confrontación, clama por descubrir una Ciudad del Corazón compuesta por los mejores latidos de cada urbe del mundo. La macroeconomía, los grandes intereses mercantiles, las prestidigitaciones bursátiles y los manejos financieros a escala internacional a veces condicionan la ruta de la equidad humana. Y cada guerra es un paso atrás. Las guerras, cualquier guerra, sólo buscan la preponderancia de un bloque sobre los demás. Aglutinar grandes cotas de poder para dominar el mundo. Se equivocan. Y nos afecta a todos.
Juan Carlos YAGO |
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