Ernest Hemingway visitó por primera vez Pamplona en 1923 y quedó tan fascinado por las corridas de toros de San Fermín que decidió usar esa experiencia para su primera novela, la exitosa "Fiesta" (1926), donde hace una excelente descripción de la ciudad: "Atravesamos una extensa llanura; a cierta distancia, a mano derecha, había un gran río que brillaba al sol por entre las dos hileras de árboles que lo bordeaban, y a lo lejos, levantándose sobre el llano, se divisaba la altiplanicie de Pamplona, con las murallas de la ciudad vieja, la gran catedral parda y la escarpada silueta de las otras iglesias recortándose contra el cielo. Detrás de la altiplanicie había montañas; las había por todos lados, adondequiera que uno mirara. Ante nosotros, la carretera se extendía, blanca, a través de la llanura, en dirección a Pamplona. Entramos en la ciudad por el otro lado de la meseta. La carretera era empinada y polvorienta, con dos hileras de árboles para dar sombra; luego, al entrar en la parte nueva de la ciudad, construida fuera de las viejas murallas, se aplanó. Pasamos por delante de la plaza de toros, alta y blanca; a la luz del sol, parecía hecha de hormigón. Luego tomamos una calle secundaria que nos dejó en la gran plaza, y paramos delante del Hotel Montoya".
Afortunadamente, existe un recorrido para conocer los sitios más emblemáticos que visitó el escritor y lo inspiraron para crear su obra:
Catedral de Pamplona (C/ Dormitalería, 1, 31001)
Hemingway hizo una excelente descripción de este edificio y lo que convirtió al lugar en uno de los sitios más conocidos de la ciudad. "Al final de la calle, descubrí la catedral y me acerqué a ella. La primera vez que la vi pensé que la fachada era horrible, pero ahora me gustaba. Entré. El interior era oscuro, sombrío, con pilares que subían hasta lo más alto, y había gente que rezaba, olor a incienso y vitrales maravillosos", escribió el novelista.

Catedral de Pamplona
Bar Txoko (Plaza del Castillo, 20, 31001)
Era muy habitual ver a Hemingway en la terraza de este negocio cuando todavía se llamaba Choko, rodeado por amigos y, cuando estaba de buen humor, admiradores. Cada año visitan este lugar centenares de seguidores del escritor para pedir la misma bebida que tomaba su ídolo: batido de vainilla con cognac.
Hotel Quintana (se encontraba en la calle número 18 de la Plaza del Castillo, actualmente es un edificio dedicado a oficinas y viviendas)
Aquí se alojó Hemingway durante sus primeras visitas a Pamplona, cuando todavía trabajaba como periodista, aunque ya habían comenzado a aparecer sus primeros cuentos. Hizo famoso al hotel en "Fiesta" (y a su dueño, el carismático Juanito Quintana), aunque le cambió el nombre por "Hotel Montoya": "Todos los buenos toreros se alojaban en el hotel de Montoya; es decir, todos los que tenían afición se alojaban allí. Los toreros comerciales se alojaban allí una vez, quizá, y luego no volvían más. Los buenos volvían cada año. En la habitación de Montoya estaban sus fotografías, dedicadas a Juanito Montoya o a su hermana. Las fotografías de los toreros en quienes Montoya había creído realmente estaban enmarcadas. Las de los toreros que no habían poseído el don de la afición Montoya las guardaba en un cajón de su escritorio. Con frecuencia llevaban dedicatorias de lo más halagador, pero no significaban nada. Un día Montoya las sacó todas y las echó a la papelera. No las quería tener cerca de él. Hablábamos con frecuencia de toros y de corridas. Me había hospedado en el Montoya durante varios años".
Café Bar Torino (Calle San Nicolás, 5, 31001)
Hemingway cita a este bar en "Fiesta" con el nombre de otra ciudad italiana, "Bar Milano", pero su descripción, en este caso, es realmente demoledora: "Un bar pequeño y vulgar donde se podía comer y se bailaba en el cuarto de atrás. Nos sentamos todos a una mesa y pedimos una botella de Fundador. El bar estaba poco lleno y no pasaba nada digno de atención. Es un sitio asqueroso —dijo Bill".
Café Iruña (Plaza del Castillo, 44, 31001)
El escritor visitaba siempre este establecimiento y también lo introdujo en "Fiesta": "Tomamos café en el Iruña, sentados en cómodas sillas de mimbre y mirando la gran plaza desde la fresca sombra de las arcadas. Seguí un rato sentado delante del café y luego fui a dar un paseo por la ciudad. Hacía mucho calor, pero iba por el lado sombreado de las calles. Atravesé el mercado y pasé un buen rato visitando de nuevo la ciudad".
Plaza de Toros (Paseo de Hemingway, s/n, 31002)
Hemingway convirtió este lugar en uno de los escenarios más recordados de su primera novela, al describirlo de una manera inolvidable: "La gran puerta de la plaza de toros estaba abierta y adentro barrían las gradas. El ruedo había sido alisado con rodillo y regado, y unos carpinteros cambiaban por otras las tablas resentidas o quebradas de la barrera. Desde el borde de la arena alisada por el rodillo, mirando hacia arriba, se veían las gradas vacías y los palcos, que unas viejas estaban barriendo… En la plaza, frente a las taquillas, había dos hileras de gente haciendo cola. Estaban sentados en sillas o acurrucados en el suelo, con mantas y periódicos. Esperaban que se abrieran las ventanillas por la mañana, para comprar entradas para la corrida. El cielo se estaba despejando y la luna había salido. Parte de la gente que hacía cola dormía".





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