Un personaje como el capitán Alatriste luchando con un samurai parece requerir mucha imaginación, pero a finales del XVI y principios del XVII ese enfrentamiento fue algo más que un temor de los españoles en Manila, según "España y Japón. Ensueños misioneros y amenazas de guerra" (Biblioteca Castro), del académico e investigador Juan Gil.
Japón carecía de una marina eficaz, pero en 1630 recibió el ofrecimiento holandés de un ataque conjunto a Manila, plan que finalmente se frustró por una revuelta interna japonesa, e incluso antes, en 1592 Japón exigió a Manila que le rindiera pleitesía, lo que el imperio resolvió con ese sistema tan español de "dar largas" enviando embajadas dilatorias.
"El imperio era demasiado grande, tenía demasiados problemas, y eso de dar largas en el caso de Japón funcionó, gracias también a la labia del dominico fray Juan Cobo, que le cayó bien a shogun" (líder militar supremo del Japón feudal), ha explicado a EFE Juan Gil, quien ha destacado la curiosidad de que el principal interés de Japón fuese tener una relación comercial directa con Nueva España, el México actual.
El historiador ha elegido el término "ensueño" para calificar la creencia de las misiones franciscanas, que llegaron a creerse capaces de evangelizar a toda una potencia militar como Japón. "El propio shogun, cargado de ironía les explicó a los misioneros que imaginaran el efecto que tendría la labor de una docena de monjes budistas en una ciudad como Sevilla".
"Los misioneros se engañaron por completo", ha asegurado Juan Gil, quien ya abordó este escenario en "Hidalgos y samuráis" y en "La India y el Lejano Oriente en la Sevilla del Siglo de Oro" y quien ha matizado diciendo que la cristiandad japonesa, fruto de la labor misionera, era una cristiandad exigente, a diferencia de la del Nuevo Mundo.
Así lo demostró la embajada de Hasekura (1613-1620) ante España y ante el Papa, a quien exigió que si los franciscanos mártires en japón eran declarados santos, los japoneses que habían sufrido martirio por su conversión religiosa al cristianismo debían ser declarados igualmente santos.
Japoneses en Sevilla desde el siglo XVI
Japoneses hubo en Sevilla mucho antes de la embajada de Hasekura -samurái que cuenta con una estatua en Coria del Río, donde arribó para luego ascender hasta Sevilla-, ya que Juan Gil ha documentado a un chino, natural de Cantón, pero ya cristianizado y llamado Cristóbal de Cabrera, que hizo testamento en 1599, dejando constancia de que al menos dos japoneses residentes en Sevilla le debían dinero.
"Es lógico que hubiera japoneses en Sevilla antes de que Hasekura llegara porque también el virrey de Nueva España se había traído criados japoneses", explica el historiador antes de ironizar con la posibilidad de que todos los apellidados Japón en la actualidad procedan de Coria y de "la fogosidad" de los hombres de Hasekura, que apenas permanecieron unos días en la localidad sevillana.
Gil asegura que la embajada de Hasekura fue una iniciativa particular de Fray Luis Sotelo, que procedía de la pudiente familia de Los Caballeros, conversos de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), que para borrar esa "tacha" de su origen se propuso hacer algo extraordinario, como en efecto lo fue promover una embajada japonesa a España.
Antes de la de Hasekura otra embajada enviada desde Japón fue recibida por el duque de Lerma, valido de Felipe III, en 1599, cuyas armaduras y otros enseres se conservan en la Armería Real.
El comercio, según la documentación histórica reunida y analizada por Juan Gil, en "España y Japón. Ensueños misioneros y amenazas de guerra", fue el principal acicate para acercar a españoles, portugueses y holandeses al Japón, país que proveía a Manila de pólvora, salitre y comestibles, mientras que los japoneses quedaban fascinados por los relojes y la tecnología europea, además de por la mediación comercial con China que le hacían los europeos.





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