En la noche del 12 de julio de 1936, Madrid vivió uno de los episodios más tensos de la Segunda República: el asesinato del teniente José del Castillo Sáenz de Tejada, oficial de la Guardia de Asalto. Aquel crimen, ocurrido en una calle céntrica de la capital, no fue un hecho aislado. Se produjo en un país atravesado por la violencia política, la polarización social y la conspiración militar. Su muerte desencadenó una cadena de represalias que, pocos días después, contribuiría a precipitar el golpe de Estado de julio de 1936 y el inicio de la Guerra Civil española.
Un país al límite
Para entender la importancia de aquella efeméride hay que situarse en la España de 1936. La Segunda República, proclamada cinco años antes, había impulsado reformas profundas en el ámbito militar, educativo, agrario y religioso. Sin embargo, esas transformaciones también provocaron una fuerte resistencia entre sectores conservadores, monárquicos, parte del Ejército y grupos de extrema derecha. Al mismo tiempo, una parte de la izquierda reclamaba cambios más rápidos y profundos. El resultado fue una convivencia cada vez más difícil, en la que las instituciones democráticas quedaban atrapadas entre discursos radicales, huelgas, atentados y choques callejeros.

Tumba en el cementerio civil de Madrid de José del Castillo Sáenz de Tejada
José del Castillo era teniente del Cuerpo de Seguridad y Asalto, una fuerza policial creada durante la República para mantener el orden público en las ciudades. No era un oficial anónimo. Su simpatía por el socialismo, su pertenencia a círculos militares republicanos y su papel como instructor de milicias socialistas lo habían convertido en una figura conocida y, para sus adversarios, en un objetivo. En los meses anteriores había recibido amenazas, especialmente después de incidentes violentos registrados durante actos públicos y funerales que terminaron en enfrentamientos entre militantes de izquierdas y derechas.
El asesinato en la calle
La noche del domingo 12 de julio, Castillo se dirigía a pie al cuartel de Pontejos para iniciar su servicio. Al llegar a las inmediaciones de las calles Fuencarral y Augusto Figueroa, varios pistoleros le dispararon. El teniente cayó mortalmente herido. La autoría concreta del crimen ha sido objeto de debate historiográfico, aunque suele situarse en el entorno de grupos de extrema derecha de la época. Lo esencial es que su muerte fue interpretada de inmediato como un asesinato político en un momento en el que la violencia ya había erosionado gravemente la confianza pública.
La noticia se propagó con rapidez por los círculos policiales y políticos de Madrid. Entre compañeros de la Guardia de Asalto y militantes socialistas, la muerte de Castillo fue recibida como una agresión directa. El clima de duelo se mezcló con la ira, y esa mezcla resultó explosiva. En una capital marcada por rumores de sublevación militar, listas negras, amenazas cruzadas y ataques selectivos, el asesinato no se vivió como un crimen más, sino como una señal de que el país había entrado en una fase de ruptura.
La represalia: Calvo Sotelo y la crisis final
Horas después del asesinato de Castillo, un grupo formado por guardias de Asalto y miembros de milicias socialistas salió a buscar a dirigentes de la derecha. En la madrugada del 13 de julio acudieron al domicilio de José Calvo Sotelo, diputado monárquico y una de las voces más destacadas de la oposición parlamentaria al Gobierno del Frente Popular. Con el pretexto de conducirlo a dependencias oficiales, lo sacaron de su casa. Durante el trayecto fue asesinado y su cadáver apareció después en el depósito del cementerio de la Almudena.
El doble crimen —Castillo primero, Calvo Sotelo después— tuvo un efecto devastador. Para las derechas, el asesinato del diputado monárquico confirmaba que el Estado ya no podía garantizar la seguridad ni el orden. Para las izquierdas, la muerte de Castillo reforzaba la percepción de que existía una ofensiva violenta contra los defensores de la República. Cada bloque leyó los hechos desde su propio miedo y su propia indignación, y esa lectura enfrentada redujo todavía más el espacio para una solución política.
La conspiración militar contra la República ya estaba en marcha antes del 12 de julio. Por eso, no sería exacto afirmar que el asesinato de Castillo, por sí solo, causó la Guerra Civil. Sin embargo, sí puede considerarse uno de los detonantes inmediatos de la crisis final. El asesinato de Calvo Sotelo aceleró decisiones, eliminó dudas entre algunos conspiradores y ayudó a presentar la sublevación como una respuesta al desorden. Entre el 17 y el 18 de julio comenzó el levantamiento militar en distintos puntos del territorio español y del Protectorado de Marruecos. El golpe fracasó parcialmente, y ese fracaso abrió paso a una guerra que se prolongaría hasta 1939.
Una efeméride para entender la fragilidad democrática
La efeméride del 12 de julio de 1936 no debe recordarse solo como una fecha de violencia, sino como una advertencia sobre la fragilidad de la convivencia cuando la política deja de reconocer límites. En la España republicana de aquel verano, la palabra pública se había cargado de amenazas, las calles se habían convertido en escenario de choques ideológicos y la confianza en las instituciones se encontraba gravemente dañada. El asesinato de un oficial de policía por motivos políticos, seguido de la represalia contra un diputado, mostró hasta qué punto la lógica de la venganza estaba sustituyendo a la justicia.
También recuerda que los acontecimientos históricos rara vez nacen de una sola causa. La Guerra Civil fue el resultado de conflictos acumulados: desigualdad social, crisis económica, enfrentamientos ideológicos, debilidad institucional, miedo al adversario y conspiración militar. Pero algunas fechas concentran el drama de una época. El 12 de julio lo hace porque enlaza un asesinato concreto con una reacción inmediata y con un desenlace nacional. En apenas unos días, España pasó de una tensión extrema a una fractura abierta.
Ochenta y tantos años después, aquella noche madrileña sigue siendo una de las jornadas más estudiadas del final de la Segunda República. La muerte de José del Castillo no explica por completo la Guerra Civil, pero ayuda a comprender cómo se desmorona una sociedad cuando el asesinato político se normaliza, cuando la represalia sustituye al Estado de derecho y cuando los actores públicos dejan de creer en la posibilidad de una salida común. Por eso, recordar lo sucedido en España un 12 de julio no es un simple ejercicio de calendario: es una forma de mirar de frente el momento en que la historia se acercó al precipicio.





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