La guerra entre Rusia y Ucrania volvió a proyectarse con fuerza sobre el corazón político ruso. Moscú afirmó este martes que sus defensas derribaron durante la pasada noche 791 drones ucranianos de largo alcance, una cifra que ilustra no solo la magnitud del ataque, sino también la transformación del conflicto en una guerra de desgaste tecnológico, presión psicológica y golpes cada vez más profundos contra la retaguardia enemiga.
Según el Ministerio de Defensa ruso, los aparatos no tripulados fueron interceptados sobre quince regiones del país, la península de Crimea —anexionada por Moscú en 2014— y las aguas de los mares Negro y Azov. La región de Moscú volvió a quedar en el centro de la ofensiva: 180 drones fueron neutralizados en sus inmediaciones, en lo que constituye el segundo ataque masivo en apenas tres días contra territorio ruso.
El dato adquiere mayor relevancia si se compara con la oleada del pasado domingo, cuando las autoridades rusas anunciaron la destrucción de 822 drones ucranianos. Dos ataques de semejante escala, separados por tan poco tiempo, sugieren que Kiev ha elevado el alcance y la frecuencia de sus operaciones con drones, una herramienta que se ha convertido en pieza central de su estrategia para compensar diferencias de capacidad militar convencional y llevar la presión más allá del frente.
De acuerdo con el alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, hasta las 05:00 hora local fueron lanzados 620 drones en dirección a la región capitalina. El mensaje oficial ruso insiste en la eficacia de las defensas antiaéreas, pero la necesidad de interceptar centenares de aparatos cerca de la capital deja al descubierto una realidad incómoda para el Kremlin: la distancia ya no garantiza inmunidad, y la guerra se aproxima de forma intermitente a los símbolos del poder ruso.

Defensas antiaéreas iluminan el cielo nocturno durante una nueva oleada de drones, en una imagen editorial generada para ilustrar la escalada de ataques contra territorio ruso
El gobernador de la región de Moscú, Andréi Vorobiov, señaló que las defensas aéreas y los sistemas de guerra electrónica repelieron un ataque que afectó a varios distritos situados al sur y al este de la capital. Las autoridades locales reportaron daños en viviendas, edificios civiles, comercios y centros logísticos, además de varios heridos. Entre ellos figura una niña de 10 años que, según el gobernador, sufrió heridas por esquirlas tras la caída de un dron sobre una vivienda particular en Ramenski.
También se comunicaron heridos en Bogorodski y Kolomna. En Noguinsk, un dron alcanzó un centro logístico de Wildberries, una de las mayores plataformas de comercio electrónico de Rusia, cuya infraestructura ha sido señalada en ataques recientes. Aunque las autoridades aseguraron que los bomberos controlaron el incendio y que no hubo víctimas en esa instalación, los daños en localidades como Pávlovo-Posadski, Kolomna, Kotélniki y Elektrostal recuerdan que este tipo de ofensivas rara vez se limita al plano estrictamente militar.
Kiev no suele comentar de inmediato estas operaciones, pero el patrón de los últimos meses es claro: depósitos de combustible, centros logísticos, refinerías, instalaciones industriales y zonas próximas a grandes ciudades rusas han pasado a formar parte de una campaña de presión sostenida. Ucrania busca debilitar la maquinaria bélica rusa y, al mismo tiempo, trasladar a la sociedad rusa una parte del coste de una guerra que el Kremlin inició lejos de sus principales núcleos urbanos.
Para Moscú, anunciar el derribo de cientos de drones sirve para proyectar control y capacidad defensiva. Sin embargo, la repetición de ataques masivos también plantea preguntas sobre el desgaste operativo, la saturación de los sistemas antiaéreos y la vulnerabilidad de un territorio inmenso ante ofensivas simultáneas y dispersas. Cada alarma aérea cerca de la capital erosiona la narrativa de normalidad que las autoridades rusas han intentado preservar desde el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania.
La ofensiva llega en un momento de elevada tensión, con ataques cruzados casi diarios y una guerra que se libra tanto en el frente como en la profundidad estratégica de ambos países. Rusia denuncia incursiones ucranianas cada vez más audaces, mientras Ucrania acusa a Moscú de mantener bombardeos sistemáticos contra ciudades e infraestructuras civiles. En ese intercambio, los drones han dejado de ser un complemento táctico para convertirse en un lenguaje propio de la guerra moderna.
El episodio confirma que el conflicto ha entrado en una fase en la que la distancia, la retaguardia y la infraestructura civil adquieren un valor estratégico creciente. Si las cifras divulgadas por Moscú reflejan la dimensión real del ataque, Rusia enfrenta no solo una amenaza militar, sino también un desafío político: demostrar que puede proteger su capital y su territorio mientras sostiene una guerra prolongada. Para Ucrania, en cambio, cada oleada de drones busca enviar un mensaje inequívoco: la presión puede llegar hasta el centro simbólico del poder ruso.





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