En diciembre de 1936, George Orwell llegó a España para luchar contra el general Francisco Franco y se enroló en el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), sumándose a las tropas del frente de Aragón, donde pasó varios meses antes de recibir un balazo en la garganta que puso en riesgo su vida y obligó a que fuera dado de baja, lo que le permitió escapar a tiempo de los agentes rusos que estaban purgando el ejército republicano por orden de Stalin. De esa experiencia, nació uno de sus mejores libros, "Homenaje a Cataluña", donde relata, con el talento y la inmensa sinceridad que lo caracteriza, su experiencia en nuestro país.
Barcelona
Orwell quedó fascinado apenas llegó a la ciudad y así lo relató en su libro: "Había viajado a España con el proyecto de escribir artículos periodísticos, pero ingresé en la milicia casi de inmediato, porque en esa época y en esa atmósfera parecía ser la única actitud concebible. pero viniendo directamente de Inglaterra, el aspecto de Barcelona resultaba sorprendente e irresistible. Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas… A lo largo de las Ramblas, la amplia arteria central de la ciudad constantemente transitada por una muchedumbre, los altavoces hacían sonar canciones revolucionarias durante todo el día y hasta muy avanzada la noche. Durante todo ese tiempo yo me encontraba en los Cuarteles Lenin con el objetivo, según manifestaban, de recibir una preparación militar. Los cuarteles eran un conjunto de espléndidos edificios de piedra, con una escuela de equitación y enormes patios adoquinados; habían sido cuarteles de caballería y fueron tomados durante las luchas de julio"
Alcubierre

Iglesia de Santa Ana en Alcubierre
Monte Oscuro
Tras pasar tres semanas en Alcubierre, Orwell fue enviado a esta localidad, donde se encontraba acuartelado un contingente de voluntarios ingleses. El escritor se sintió mucho más cómodo en Monte Oscuro, deslumbrado por el paisaje del lugar: "Por todas partes, sobre las laderas, se veían asomar los brotes verdes del azafrán o el lirio silvestre. La primavera se aproximaba, evidentemente, aunque con mucha lentitud. Las noches eran más frías que nunca. Durante la madrugada, cuando volvíamos de la guardia, solíamos reunir lo que quedaba del fuego de la cocina y nos parábamos sobre las brasas al rojo. Era malo para las botas, pero muy bueno para los pies. Sin embargo, había amaneceres en que el espectáculo de la aurora entre los cerros casi nos hacía alegrarnos de no estar en la cama a esas horas desapacibles".
Huesca
Tras pasar varias semanas en Monte Oscuro, Orwell fue enviado junto a sus compañeros a sumarse al ejército que se encontraba sitiando Huesca, y aprovechó para describir otro paisaje que lo fascinó: "Allí arriba, en la meseta, los días de marzo se parecían en su mayoría a los de Inglaterra, con sus brillantes cielos azules y vientos continuos. En el lugar donde la línea del frente atravesaba huertos y jardines desiertos, la cebada de invierno ya tenía unos treinta centímetros de altura, capullos blancos se formaban en los cerezos y, buscando en las zanjas, se podían encontrar violetas y una especie de jacinto silvestre semejante a un ejemplar borde de campanilla azul, inmediatamente detrás de la línea corría un hermoso y burbujeante arroyito verde".
Monflorite
Tras sufrir una grave herida en una mano, Orwell fue enviado a esta localidad, donde había un hospital, e hizo un crudo retrato de lo que vio: "En toda la vecindad había sólo dos granjas: Torre Lorenzo y Torre Fabián, y sólo dos edificios verdaderamente grandes, sin duda las casas de los terratenientes que alguna vez dominaron la zona; su riqueza contrastaba con las chozas miserables de los campesinos. Las casas de campo en esa región de España no encierran interés desde el punto de vista arquitectónico, pero sus granjas, de piedra enjalbegada, con arcos redondos y magníficas vigas, son lugares de gran nobleza, construidos de acuerdo con un plan que probablemente no ha sufrido alteraciones a lo largo de siglos".
Lérida
Tras recuperarse de su herida, Orwell volvió al frente, pero mientras hacía guardia en las trincheras recibió un balazo en la garganta que casi le cuesta la vida y terminó quitándole una gran parte de su voz. "Hubo como un fuerte estallido y un fogonazo cegador a mi alrededor, y sentí un golpe tremendo, no dolor, sólo una sacudida violenta, como la que produce una descarga eléctrica. Luego una sensación de absoluta debilidad, de haber sido reducido a nada. Los sacos de arena frente a mí se alejaron a una distancia inmensa. Supongo que se siente lo mismo cuando se es alcanzado por un rayo. Supe de inmediato que estaba herido, pero por el estallido y el fogonazo pensé que se trataba de algún fusil próximo, disparado por accidente. Todo ocurrió en un espacio de tiempo muy inferior a un segundo. Al instante siguiente se me doblaron las rodillas y caí hasta dar violentamente con la cabeza contra el suelo. Al anochecer habían llegado ya bastantes enfermos y heridos como para llenar varias ambulancias y nos enviaron a Barbastro. A la mañana siguiente volvieron a cargarnos en un tren-hospital y nos mandaron a Lérida. Estuve cinco o seis días en Lérida. Era un gran hospital, con enfermos y heridos civiles y militares, más o menos mezclados. Algunos de los hombres de mi sala tenían heridas graves", relató.
Tarragona
Mientras se recuperaba, Orwell fue enviado, junto a un grupo de soldados a Tarragona, donde pasó varios días y aprovechó, al encontrarse mejor de su herida, para conocer el lugar: "Iba recuperando mis fuerzas y, aunque moviéndome con mucha lentitud, logré caminar hasta la playa. Resultaba extraño comprobar que la vida de playa proseguía casi sin alterarse; cafés elegantes a lo largo del paseo marítimo y la ufana burguesía local bañándose y tomando el sol en las tumbonas como si no hubiera una guerra a miles de kilómetros. Allí tuve ocasión de ver ahogarse a un bañista, lo cual parecía imposible en ese mar tibio y poco profundo".
Barbastro y Lérida
Luego de ser dado de alta, y antes de regresar a Inglaterra, cuando todavía no había empezado la persecución de los agentes rusos en su contra, Orwell aprovechó para visitar estas dos localidades y confesó: "En las tranquilas callejuelas apartadas de Lérida y Barbastro me pareció tener una visión fugaz, una especie de lejano rumor de la España que vive en la imaginación de todos. Sierras blancas, manadas de cabras, mazmorras de la Inquisición, palacios moriscos, hileras oscuras y ondulantes de mulas, verdes olivares, montes de limoneros, muchachas de mantillas negras, vinos de Málaga y Alicante, catedrales, cardenales, corridas de toros, gitanos, serenatas: en pocas palabras, España, el país de Europa que más había atraído mi imaginación".





Guía de San Pedro Alcántara
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