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Columna
Miércoles, 17 Septiembre 2014

BALCÓN GLOBAL



A PEDRADA limpia —mal por ambos lados— entre detractores y partidarios empezó la fiesta del Toro de la Vega en Tordesillas, un evento de origen mediaval documentado hace más de cinco siglos y reglamentado por la Junta de Castilla y León. Los ingredientes que no faltan son crueldad, tortura, humillación e indefensión total de un fornido toro de lidia que es perseguido y acosado por distintos contendientes a caballo y a pie infligiéndole terribles heridas con lanzas.
   La tradición se ha mantenido históricamente gracias a que en nuestro país los políticos rancios de antaño protegían las corridas de toros, que a la sazón era casi el único pan y circo para desviar la atención de su gestión. La fiesta llamada nacional, estas corridas de toros, el Toro de la Vega, el de Benavente (menos cruórico) y tantas celebraciones similares son defendidas enmarcándolas en el título de Bien de Interés Cultural. La política así lo ha amparado desde siempre, pero la defensa de los derechos de los animales y el aborrecimiento de esta innecesaria crueldad con nuestros compañeros del reino animal no es tan moderna como se pueda creer. En el siglo dieciséis, el Papa Pío V dejaba muy claro en su bula De Salutatis Gregis Dominici que decretaba excomunión a perpetuidad para quien organizase y/o participase en este tipo de justas tan injustas con los seres vivos.
   Casi nadie lo debe saber porque anda mucho católico inmerso en preconizar estas barbaries. Al menos alguien puede informarles de que la excomunión tiene una vigencia perpetua, ningún pontífice posterior tiene la facultad de anularla y la Iglesia tampoco nunca la ha desautorizado. Quitan la vida, siguen matando y regocijándose en el sufrimiento ajeno desconociendo que están en pecado mortal. Luego van a misa y ni siquiera confiesan tamaña atrocidad. Para ellos la condenación eterna, así pues, según los mandamientos de la misma religión en la que tanto se santiguan los toreros cuando salen a aniquilar, humillar, torturar y descargar sus frustraciones en una inocente bestia.


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