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Columna
Martes, 10 Marzo 2015

BALCÓN GLOBAL



VIVIR LAS fallas de Valencia ya es, en su mismo preludio, sentir el gozo de sufrir. Porque las fallas son destrucción. Es un tema visual y auditivo. Los petardos están a la orden del día y las llamas se merendarán las preciosas esculturas que están erigiendo en las calles. Asisto al montaje y quizá me dé cierto pudor observar las entrañas de las estrucutras, las grúas y los preparativos de los artesanos que crean las gigantescas figuras cargadas de crítica y burla hacia la historia reciente de la vida pública. Las mascletàs diarias, en el centro de la capital, son ya un impactante anticipo. Te introduces en medio del gentío y lo notas palpitar al unísono, mientras el sonido de los artificios pirotécnicos es ascendente y penetrante, junto a la música del terruño.
   Llegas a experimentar probablemente ese estado de los púgiles que quedan sonados y que oyen un timbre, por ejemplo, o un teléfono, y se ponen en guardia como acto reflejo. Eso les pasa. En todos los deportes se dice, se juega a esto, a aquello, menos en el boxeo. En las prefallas, en estas mascletás en el centro de la capital, tampoco se juega, sino que tu cuerpo se alerta y se prepara para la defensa. Te pueden reventar los tímpanos. A mí, aparte, como a tantos, me emocionan. El subidón es palpable y quedas sonado como los boxeadores; al menos, momentáneamente.
   Hoy, además, una joven que estaba a mi lado dijo que era demasiado fuerte el ruido y acabó deslizándose en mis brazos, desmayada por el tronío final, que es tan potente que la sangre corre a una velocidad estrepitosa para defender al organismo, dejándote sin sentido... como en esta ocasión. Enseguida se levantaron numerosas manos y el servicio sanitario se abrió paso entre la apretada muchedumbre y se llevó a la chiquilla que, la verdad, estaba lívida, vencida por el impactante ruido.
   También se puede morir de pirotecnia, por los decibelios que llega a producir. Yo he llorado, sin embargo, de emoción por las dos cosas: ver como puede irse la vida por los oídos y —atrapados los míos y los de todos los presentes por tanta seducción sonora— cuando gritan y aplauden con tanto fervor a tu lado... y tantos.



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