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Columna
Lunes, 02 Noviembre 2015

BALCÓN GLOBAL



MI DESPERTADOR hoy ha sido la bravura de la naturaleza. Aún no quería amanecer y llovía copiosamente tras mi ventana levantina abierta. La gota fría se ha hecho notar con fuerza en la Comunidad Valenciana y en Málaga especialmente, zonas en las que los estragos naturales han sido destacados. Caídas de árboles, inundaciones y riadas.
   Hacia las seis de la madrugada, personalmente, he notado un fortísimo viento huracanado. Como en duermevela, llegué a sentir que estaba en el velero de un amigo, en medio de las olas del mar. De rondón ha penetrado el agua en mi habitáculo en tierra, en el real, y llegó a mojarme las mejillas. La catástrofe ha sido leve: unos cuantos libros y la ropa que estaba en el galán de noche, mojados. Además —luego lo comprobé— un túnel por el que suelo pasar, el de Aldaya, que quedó totalmente anegado, añadiendo retrasos e invonvenientes a mi agenda del día; y a la de tantos otros ciudadanos, claro.
   El temporal remitió a lo largo de la mañana en la capital valenciana, aunque después también he sabido que en Torrevieja y Benissa se han desatado dos tornados hacia la hora del esmorzaret.
   El caso es que, una vez asumido el temporal, la bestia empezó a rugir como casi todos los días: la gran ciudad se desperezaba con desgana, con rabia y con prisas. Las caras adustas nunca fallan ni un sonido de ambulancia, un crujir de pasos que se aceleran, un avión que surca el cielo, los estibadores del puerto que a medio gas funcionaban por la tromba.
   Así tengo que vérmelas con ella, con mi urbe, mi entorno, tomando buena nota de lo que acontece.
   Un simple gatito me siento; uno, sin embargo, que sí que podrá con tanta euforia, con algunos adormilados tristes, quizás con algún suicida, con cuatro o seis necios, con tres confidentes, con diez fuentes periodísticas (algunas encantadoras; otras, desganadas, corporativizadas), con un par de esforzados competidores, con los suficientes hombres y mujeres de bien, con algún mastuerzo... y bastante vanidad terrorífica en algunos más que luego desembocará quizá en accidentes de tráfico o en malas voces o en eso que llaman mal rollo.
   La fiera de la vanagloria, la feria de las banalidades y del presumir es lo que más me espera hoy —y cualquier día— como columnista.


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