Fuengirola suele venderse al mundo con una imagen inmediata: ocho kilómetros de playas, chiringuitos, paseo marítimo y sol casi garantizado. Pero detrás de esa postal cómoda de la Costa del Sol hay otra ciudad, más antigua y menos evidente, que se descubre caminando sin prisa. Es la Fuengirola de los restos romanos que sobreviven junto a avenidas modernas, de un castillo cuyo nombre mira al cielo, de calles que conservan memoria de pueblo marinero y de rincones donde el atardecer parece reservado a quienes saben esperar.
Uno de sus secretos más sorprendentes se esconde en la Finca del Secretario, un yacimiento romano situado en Los Boliches que muchos visitantes pasan por alto mientras buscan la playa más cercana. Allí, entre pasarelas y muros bajos, aparecen los restos de una villa romana con una parte residencial y otra industrial. No era un simple asentamiento: hubo termas, hornos cerámicos y una factoría de salazones vinculada a la producción de conservas de pescado y salsas como el garum, tan apreciadas en el Imperio romano. El hallazgo más célebre es la llamada Venus de Fuengirola, una escultura que recuerda hasta qué punto esta ciudad fue, mucho antes del turismo, un enclave mediterráneo conectado con rutas comerciales y costumbres sofisticadas.
Otro nombre que guarda una curiosidad es Sohail. El castillo que domina la desembocadura del río Fuengirola no solo ofrece una de las mejores panorámicas de la ciudad; también conserva una pista lingüística del pasado. La fortaleza se levanta sobre un cerro habitado desde épocas fenicia, púnica y romana, y en época islámica la zona fue conocida como Suhayl, una adaptación vinculada al antiguo topónimo Suel. Según la tradición local, el nombre también se asocia a Canopus, una estrella visible desde el sur, lo que añade un aire casi astronómico a esta fortaleza levantada para vigilar la costa. Desde sus murallas se entiende por qué aquel punto era estratégico: controla el mar, el río y el paso natural entre Málaga y Marbella.

El Castillo Sohail, los vestigios romanos y la luz del Mediterráneo resumen la Fuengirola menos evidente, esa que se descubre lejos de las rutas turísticas más previsibles
La Fuengirola más secreta también está en sus calles. Alrededor de la Plaza de la Constitución, la ciudad recupera escala de pueblo: fachadas claras, terrazas pequeñas, comercios de toda la vida y la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario como referencia silenciosa. No lejos de allí, calles como Moncayo, conocida popularmente por su ambiente gastronómico, mezclan vida local y memoria marinera. Conviene mirar hacia arriba: balcones, azulejos, antiguas casas bajas y detalles de rejería cuentan una historia que a menudo queda oculta bajo el ritmo comercial del centro.
Para ver el atardecer, el lugar más evidente es el entorno del Castillo Sohail, pero no el único. La pasarela y el Parque Fluvial junto al río ofrecen una perspectiva distinta, con la silueta de la fortaleza recortada sobre el cielo y el Mediterráneo al fondo. Otro rincón recomendable aparece hacia Carvajal y Torreblanca, donde el paseo marítimo se vuelve menos denso y el mar gana protagonismo. Al final de la tarde, cuando la luz cae sobre la línea de edificios y las barcas se alejan de la orilla, Fuengirola deja de ser un destino de verano para convertirse en una escena tranquila y casi íntima.
También hay playas que permiten escapar del bullicio habitual. Mientras Los Boliches o la zona centro concentran más movimiento, los extremos del litoral suelen ofrecer momentos de mayor calma, sobre todo fuera de las horas centrales del día. La playa de El Ejido, junto al castillo, permite combinar baño, historia y paseo; Carvajal, en el límite con Benalmádena, conserva un aire más relajado si se visita temprano o al caer la tarde. El secreto no está tanto en encontrar una playa vacía, algo difícil en plena temporada, como en elegir bien la hora y caminar unos minutos más que el resto.
Entre los edificios históricos, además del castillo y la iglesia del Rosario, merece atención el entorno de la antigua Fuengirola pesquera, donde la ciudad creció antes de convertirse en destino internacional. La Plaza de la Constitución funciona como una brújula emocional: allí se cruzan vecinos, visitantes, procesiones, compras y conversaciones. Muy cerca, el Museo de la Ciudad ayuda a comprender que este municipio no nació con los hoteles, sino con capas sucesivas de civilizaciones, oficios y cambios urbanos.
Quizá el gran secreto de Fuengirola sea ese: no esconderse, sino pasar desapercibida a plena vista. Sus curiosidades están junto a una estación de tren, detrás de una calle comercial, al lado de una playa familiar o en una colina donde hoy suenan conciertos y antes se vigilaban barcos enemigos. Quien la recorre solo con prisa encuentra sol y mar. Quien se detiene descubre romanos, estrellas, murallas, salazones, barrios con acento propio y atardeceres que explican por qué esta ciudad, bajo su apariencia turística, sigue teniendo alma de frontera mediterránea.





San Pedro Alcántara
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