La noche cayó sobre el suroeste de Japón con el sonido constante de sirenas, helicópteros y maquinaria pesada removiendo toneladas de hormigón. En la prefectura de Kumamoto, una de las zonas más castigadas por el terremoto registrado el martes, los equipos de rescate trabajan sin apenas pausa en una búsqueda que se mide en minutos. Cada grieta abierta en un edificio, cada llamada no respondida y cada zona todavía inaccesible alimentan el temor de que el número de víctimas pueda seguir aumentando.
El balance oficial asciende ya a 18 fallecidos, más de doscientas personas heridas y varios desaparecidos o atrapados bajo los escombros, según las autoridades nacionales y locales. La cifra, todavía provisional, resume apenas una parte del impacto de un seísmo de magnitud estimada en 7,1 que sacudió la isla de Kyushu y alcanzó el nivel máximo en la escala sísmica japonesa, utilizada para medir la intensidad del movimiento en superficie y sus efectos inmediatos sobre la población.
En Kashima, el desastre adquirió una dimensión especialmente visible. Allí, un centro comercial de la cadena Aeon sufrió un colapso parcial después de una explosión registrada tras el temblor. Las autoridades investigan si el estallido pudo estar relacionado con una fuga de gas. En el interior del edificio había clientes y trabajadores cuando parte de la estructura cedió. Durante horas, los rescatistas avanzaron entre techos caídos, vigas deformadas y fragmentos de hormigón, mientras familiares aguardaban noticias en los alrededores.
La tragedia también golpeó Yatsushiro, donde una chimenea se derrumbó en una planta de Nippon Paper Industries. Varios trabajadores quedaron sepultados bajo los restos de la estructura, en una escena que evidenció la vulnerabilidad de instalaciones industriales sometidas a una sacudida extrema. Los accesos dañados, los cortes de electricidad y agua, y el riesgo de nuevos desprendimientos dificultaron la llegada de los equipos de emergencia a algunos puntos críticos.

Asciende el número de víctimas mortales por el terremoto en Japón. (EFE)
La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, describió la operación como una "carrera contra el tiempo". El Gobierno ha desplegado miles de efectivos, entre ellos soldados de las Fuerzas de Autodefensa, bomberos, policías, personal sanitario y unidades especializadas en búsqueda entre escombros. La prioridad, insistieron las autoridades, es localizar con vida a quienes permanecen atrapados, trasladar a los heridos y restablecer servicios esenciales en barrios donde la rutina quedó interrumpida en cuestión de segundos.
En los centros de evacuación habilitados en escuelas, gimnasios y edificios públicos, miles de vecinos pasaron la noche lejos de sus casas. Algunos llegaron con mantas, documentos y bolsas improvisadas; otros, sin más que la ropa que llevaban puesta cuando el suelo comenzó a moverse. El miedo a las réplicas pesa tanto como la incertidumbre por el estado de las viviendas. En los hospitales, decenas de pacientes fueron atendidos por fracturas, quemaduras, contusiones y lesiones causadas por derrumbes o por la caída de objetos durante la sacudida.
La Agencia Meteorológica de Japón mantiene la advertencia por posibles temblores secundarios y deslizamientos de tierra durante los próximos días. Aunque la alerta inicial de tsunami fue levantada horas después del terremoto, el riesgo no ha desaparecido. Las autoridades han pedido a la población que no regrese a edificios dañados, que evite desplazamientos innecesarios y que permanezca atenta a los avisos oficiales, especialmente en las zonas donde el terreno ha quedado debilitado.
Para Japón, país situado en el Anillo de Fuego del Pacífico, los terremotos forman parte de una amenaza conocida y recurrente. Sus estrictas normas de construcción y sus protocolos de emergencia han convertido al país en una referencia mundial en preparación sísmica. Sin embargo, la potencia de los grandes temblores sigue poniendo a prueba infraestructuras, sistemas de respuesta y comunidades enteras, sobre todo cuando el seísmo alcanza zonas densamente pobladas o instalaciones antiguas.
Kumamoto conserva además una memoria reciente del desastre. En 2016, la prefectura sufrió otro terremoto devastador que dejó graves daños materiales y numerosas víctimas. Aquella experiencia permanece presente en los protocolos, en la reacción de las autoridades y en la respuesta de una población acostumbrada a convivir con simulacros, alertas y normas de seguridad, pero nunca inmune al impacto emocional de una nueva emergencia.
Al amanecer, mientras las máquinas seguían retirando escombros y los equipos de rescate pedían silencio para escuchar posibles señales de vida, Japón volvía a mirar de frente una de sus mayores fragilidades. La evolución de las próximas horas dependerá de la rapidez con la que se alcance a los atrapados, de la resistencia de los edificios dañados y de la capacidad del Estado para devolver agua, electricidad y atención médica a las comunidades golpeadas. En Kumamoto, la crónica del terremoto todavía se escribe entre polvo, espera y esperanza.





San Pedro Alcántara
Guía de San Pedro Alcántara
Comentarios
Aviso





