Antes una ensalada era una cosa sencilla: lechuga, tomate, cebolla, quizá una lata de atún si el día venía con paga extra emocional, y aceite con sal. Ahora uno entra al supermercado buscando una humilde bolsa verde y sale con un ecosistema empaquetado: rúcula, canónigos, brotes tiernos, espinaca baby, lollo rosso, batavia roja, batavia verde y alguna hoja misteriosa que parece haber estudiado Bellas Artes en el monte.
La lechuga, esa señora clásica de bata verde que durante décadas sostuvo la dignidad de las comidas rápidas, está siendo desplazada por una pandilla de "hierbajos" con nombres de grupo indie alternativo. Uno ya no compra una ensalada: compra el cartel del Primavera Sound versión huerto. "Esta noche, en directo: Rúcula Picante, Canónigos del Norte, Espinaca Baby y DJ Lollo Rosso". Solo falta que la bolsa traiga pulsera de tela, una pegatina de "yo estuve allí" y alguien dentro diciendo que antes las ensaladas eran más auténticas.
El fenómeno no es imaginación del consumidor desconfiado, aunque conviene admitir que frente al lineal de ensaladas uno empieza a desarrollar teorías. Basta mirar las etiquetas: brotes tiernos, espinaca baby, rúcula, canónigos y otras hojas jóvenes. ¿Jóvenes de qué? ¿De Erasmus? ¿De prácticas? Algunas bolsas incluso presumen de estar "lavadas" y listas para consumir, como si vinieran de un balneario vegetal. La lechuga tradicional sigue existiendo, sí, pero parece que la han mandado al fondo de la nevera, castigada, reflexionando sobre por qué no aprendió inglés ni se hizo un perfil en redes.

La lechuga tradicional observa desde el banquillo cómo los brotes tiernos, la rúcula y los canónigos se reparten el protagonismo en el lineal refrigerado
¿Por qué ocurre esto? La explicación oficial suena razonable: las mezclas aportan variedad de sabores, colores y texturas. La batavia da crujido, la espinaca aporta cuerpo, la rúcula mete un puntito picante y los canónigos aparecen con esa carita de no haber roto un plato, aunque en realidad han ocupado medio lineal refrigerado y parte de nuestra autoestima. En teoría, todo está pensado para que la ensalada no sea una obligación triste, sino una experiencia gastronómica. En la práctica, algunas bolsas parecen haber sido rellenadas por alguien que salió al campo con una bolsa del supermercado y dijo: "Ni idea de botánica, pero esto verde queda estupendo".
También está la cuestión estética, que en la alimentación moderna manda más que una abuela en Nochebuena. La lechuga iceberg, tan redonda, tan pálida y tan de bocadillo de bar de carretera, no luce igual en una bandeja transparente que una mezcla de hojitas verdes, moradas y rojizas. La ensalada moderna debe parecer saludable incluso antes de comerla. Debe comunicar: "Soy ligera, soy fresca, soy mediterránea, reciclo, hago pilates y tengo una botella de agua con frases motivadoras". Una bolsa de hierbajos variados fotografía mejor que una lechuga cortada en tiras, y en tiempos de redes sociales eso pesa casi tanto como el aliño, que ya no se llama aliño: se llama dressing, porque aparentemente el aceite de oliva también se ha puesto colonia.
El problema llega cuando el consumidor de toda la vida intenta hacer una ensalada normal. Abre la bolsa esperando una base amable y se encuentra con hojas que pinchan, hojas que amargan, hojas que se pegan al tenedor como si ofrecieran resistencia sindical y una ramita que no sabe si comérsela, plantarla o llevarla al ayuntamiento para que la clasifiquen. Hay quien ha mordido rúcula esperando lechuga y ha sentido una revelación espiritual, seguida de un "¿pero esto por qué pica, si yo no he pedido emociones fuertes?". Otros han descubierto los canónigos con la misma cautela con la que se saluda a un vecino nuevo: parecen simpáticos, pero nadie sabe exactamente de dónde han salido ni por qué vienen tantos.
Los supermercados, por su parte, han entendido que la palabra "mezcla" vende. Dan ganas de ponerla en todo: mezcla gourmet, mezcla tierna, mezcla fresca, mezcla dúo, mezcla maxi, mezcla "me he perdido en una rotonda y he acabado en un vivero". Llega un momento en que uno sospecha que en el almacén hay un señor con bata blanca y una centrifugadora gigante decidiendo el porcentaje exacto de cada hierbajo. "Hoy pondremos un 17% de hoja que sabe a jardín mojado, un 23% de brote elegante, una pizca de algo morado para que parezca caro y tres hojas de lechuga simbólicas, para que no nos denuncien por desaparición vegetal".
Y, sin embargo, hay que reconocer que la conspiración verde tiene sus ventajas. Las bolsas duran lo justo para obligarnos a comer sano antes de que aquello se convierta en compost de nevera con personalidad jurídica. Vienen limpias, cortadas y listas, lo que evita la escena clásica de lavar una lechuga entera, secarla mal y terminar con una ensalada que parece sopa de piscina municipal. Además, las mezclas permiten que cualquiera prepare un plato con apariencia de restaurante sin saber cocinar más allá de abrir envases, mirar al infinito y decir: "Le he puesto un toque de balsámico", que es la frase que separa al humano corriente del chef de terraza.
La gran damnificada es la lechuga de siempre, esa heroína silenciosa que nunca pidió protagonismo. Durante años sostuvo hamburguesas, ensaladas mixtas, platos combinados, dietas de lunes y promesas de "esta semana me cuido". Ahora compite contra hojas con apellidos, brotes con marketing y verduras que suenan más a decoración de spa que a comida. A la pobre lechuga le han hecho lo mismo que a los teléfonos con botones: sigue funcionando, pero cuando aparece en público alguien dice "qué vintage". Cualquier día la veremos en una tienda de antigüedades, junto a un VHS y una yogurtera.
Quizá el futuro de la ensalada sea aceptar la convivencia. Que vuelva la lechuga, pero acompañada; que los canónigos entren, pero sin ponerse chulos; que la rúcula aporte carácter, pero sin convertir cada bocado en una reunión tensa de comunidad de vecinos. Porque una ensalada puede ser moderna sin parecer el resultado de haber pasado la cortadora de césped por un jardín botánico. No todo lo verde que cabe en una bolsa merece acabar en mi plato: algunas cosas piden ensaladera, sí, pero otras piden maceta.
Mientras tanto, seguiremos frente al lineal refrigerado, leyendo etiquetas como quien interpreta un tratado agrícola escrito por un nutricionista con vocación de poeta: batavia, lollo rosso, espinaca baby, rúcula, canónigos… Y al final, con la bolsa en la mano, aceptaremos la verdad incómoda: ya no compramos ensalada; compramos una excursión al campo en formato de 100 gramos. Eso sí, lavada, lista para consumir y con Nutri-Score de conciencia tranquila. La lechuga, desde algún rincón del supermercado, nos mirará en silencio. Y nosotros, culpables, le diremos: "Perdona, vieja amiga. Es que estos hierbajos venían con oferta 2x1". Pero justo cuando vayamos a meter la bolsa en el carro, oiremos un crujido dentro del plástico. Miraremos bien la etiqueta y descubriremos la letra pequeña: "mezcla viva". Entonces entenderemos la verdad: no estamos comprando ensalada. Estamos adoptando una comunidad de vecinos vegetal. Y la rúcula, por supuesto, ya ha convocado junta extraordinaria para subir la cuota del aceite.





San Pedro Alcántara
Guía de San Pedro Alcántara
Comentarios
Aviso





