Rosario nunca pensó que la menopausia le llegaría a los 38 años ni que tendría que luchar contra el cansancio extremo o dolores continuos durante toda su vida. Nunca había oído hablar del covid persistente, pero desde 2020 "cada día tienes que negociar con tu cuerpo para vivir".
Esta vecina de la localidad sevillana de Brenes es una de las más de dos millones de personas que siguen afectadas por covid persistente seis años después de la declaración de la enfermedad como pandemia, aunque la mitad no recibe ningún tratamiento específico, según el estudio presentado este miércoles por la Central Sindical Independiente de Funcionarios (CSIF).
Es tal su estado que algunos días se tiene que quedar en la cama, como ha explicado en una entrevista con EFE, en la que asegura que términos como Antalgin, Paracetamol, Pregabalina o Hidroferol ya forman parte de su vocabulario diario. "Sufro muchos dolores por todo el cuerpo y lo último que me han diagnosticado es fibromialgia, además de excesivo cansancio, para lo que tomo suplementos de hierro", explica.
A sus 43 años lleva ya cinco sin menstruación, y es raro el día que no tiene "niebla mental, tos y presión en el pecho, pero lo sobrellevas como puedes porque no duele como para no moverte", dice, además de recordar que es madre de un niño pequeño y eso, a veces, "es la mejor medicina para salir de la cama".

Fatiga o cansancio extremo, dolores musculares o articulares, dificultad para concentrarse, pérdida de memoria, insomnio o alteraciones del sueño, ansiedad o depresión son las principales secuelas de una enfermedad que, aunque el virus ya no esté activo, nunca desaparece del todo.
Antes de que fuese una pandemia
Rosario recuerda que acababa de empezar febrero de 2020 cuando el covid llegó a su vida "silencioso, inesperado y envuelto en noticias que parecían lejanas". Pensó que sería una enfermedad más, unos días difíciles y después volvería a la normalidad, pero la normalidad nunca volvió.
"Tuve fiebre cuando aún se suponía que el virus no había llegado a Sevilla. Nos hacían pensar que el virus estaba lejos, que era algo que ocurría en otros lugares, en otras vidas, pero mi cuerpo ya estaba avisando", explica, y lo que parecía una crisis asmática en la consulta de Urgencias de un centro de salud "se convirtió en un positivo".
"El virus decidió quedarse conmigo"
Pasaron las semanas y Rosario no mejoraba. A pesar de que ya daba negativo en los test, seguía "con un cansancio que no desaparecía, con alergias e intolerancias a medicamentos con los que nunca tuvo problemas, "la niebla que a veces ocupa la mente o dolores que nunca se van y cambian cada día de lugar, intensidad y forma".
Todo ello se quedó "en un cuerpo que ya no responde como antes", y entonces llegó la anosmia, y su olfato se marchó, y, sin esperarlo, "el periodo también desapareció, con todas las consecuencias que ello conllevaba" a sus 38 años. "La regla dejó de venir, como si mi propio cuerpo hubiera entrado en pausa, agotado, intentando resistir algo que no entendía", recuerda.
Con esa perspectiva, "mientras el mundo empezaba a hablar de recuperación y de volver a la vida de siempre, algunos se quedaron atrás", y hay que levantarse cada día "y aprender a negociar con tu propio cuerpo", y seguir adelante "incluso cuando el camino se ha vuelto más lento y más incierto".
Pero, además, lamenta una secuela que no se ve, pero se siente: el "abandono de las administraciones", que parecen "haber pasado página mientras los afectados siguen sufriendo las consecuencias".
Se despide recalcando que sus historias "también merecen ser escuchadas", sin saber cuándo se levantará un día sin tener que tomarse una decena de medicamentos para tener una vida relativamente normal.





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